Por Walter E. Williams
Los políticos, los expertos, los tertulianos nos dicen con harta frecuencia que la islámica es una religión pacífica y que la inmensa mayoría de los musulmanes no comulga con la idea de destruir Occidente. Nos dicen que sólo el 1% de los 1.200 millones de musulmanes pertenece a la cuerda de yihadistas fanáticos que ven en América el Gran Satán, la raíz de todos los males que hay que extirpar. Sea como fuere, a efectos ejecutivos resulta irrelevante si los musulmanes son o no mayoritariamente pacíficos.
Se estima que, allá por los años 30, los japoneses asesinaron a entre 3 y 10 millones de personas en China, Indonesia, Corea, las Filipinas e Indochina. Ya en 1941, el ataque nipón a Pearl Harbor se saldó con la muerte de más de 2.400 americanos. Apuesto a que la mayoría de los japoneses de aquel entonces (60 millones) era gente apacible que no habría querido tener nada que ver con las brutales matanzas perpetradas en China o con el ataque a la referida base americana. Con todo, a la hora de plantear su respuesta al desafío del Imperio del Sol Naciente, ¿debió el presidente Roosevelt considerar que los japoneses no eran sino un pueblo pacífico gobernado por una yunta de fanáticos? ¿Debieron las Fuerzas Armadas de EEUU haberse centrado exclusivamente en los pilotos y la marina de guerra japoneses?
Igualmente apostaría a que la mayoría de los alemanes no era como los sádicos nazis, que deseaban entrar en guerra con sus vecinos y exterminar a los judíos. E igualmente pregunto: ¿debieron plantearse esto Roosevelt y Churchill a la hora de articular su respuesta al militarismo del III Reich?
Mi respuesta es la misma que, gracias a Dios, dieron ambos mandatarios: no. El que los alemanes, los italianos y los japoneses fueran o no mayoritariamente amantes de la paz fue una cuestión absolutamente irrelevante cuando se decidió hacer frente a quienes los gobernaban en aquellos tiempos.